La “conversión” verde

La “conversión” verde
Declaración respecto al endorsement vaticano
al fraude climático de la Agenda 2030
La teoría que atribuye al hombre la responsabilidad de los cambios climáticos derivados de la emisión de CO2 en la atmósfera es apoyada por una parte ampliamente minoritaria de la comunidad científica, además en un muy grave y claro conflicto de intereses. Su sobreexposición mediática está dada por la censura sistemática de todas las voces verdaderamente independientes y autorizadas, y constituye una falsificación total de la realidad.
Es en la reducción del CO2 en la que se basa todo el castillo de mentiras y fraudes que debería legitimar la “transición verde”. En realidad, el dióxido de carbono es indispensable para la supervivencia de la vida en el planeta, y reducirlo significa destruir todas las formas vivientes en la Tierra. E incluso si el calentamiento global fuera real, no tendría una relación significativa con la actividad humana, ya que es originado principalmente por la actividad solar. Finalmente, las soluciones propuestas para remediar el aumento del dióxido de carbono suenan ridículas, ya que son adoptadas solo por una parte de las naciones, mientras que China e India continúan construyendo centrales eléctricas a carbón y utilizando energía derivada de combustibles fósiles. Por otro lado, las plantas para la producción de energía alternativa son mucho más contaminantes que las tradicionales.
Esta teoría ha pasado a formar parte del programa de la ONU denominado “Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible” y es propagada por organismos internacionales, basándose en la teoría neomaltusiana, que considera al hombre el cáncer del planeta y persigue el exterminio de miles de millones de personas. Para hacer creíble la emergencia climática, estas organizaciones financian a asociaciones, empresas, expertos e influencers para sembrar el pánico, en una operación de terrorismo mediático. Al mismo tiempo, exigen a los gobiernos que censuren las voces disidentes, acusándolas de teorías conspirativas o de “negacionismo climático”, exactamente como ocurrió hace unos años con la farsa de la psicopandemia.
Para lograr la reducción de la población mundial, organismos como la ONU, el Foro Económico Mundial, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea realizan y financian con enormes recursos proyectos concretos que conducen al empobrecimiento, la enfermedad, la esterilidad y la muerte de miles de millones de seres humanos. Paralelamente, garantizan enormes beneficios a las multinacionales que colaboran con este plan infernal. Guerras, criminalidad importada con la inmigración, pandemias, esterilización masiva (a través de vacunas, pero también a través de la teoría de género y la ideología LGBTQ+), abortos, mutaciones genéticas y cánceres inducidos con pseudo vacunas, envenenamiento de cielos, agua y alimentos, contaminación electromagnética: estos son los jinetes del apocalipsis globalista del Gran Reinicio.
Las denuncias circunstanciales corroboradas por pruebas incontrovertibles por parte de científicos, filósofos, historiadores, intelectuales y políticos no pueden hacer nada contra la maquinaria de la propaganda mediática, financiada con el dinero de los contribuyentes, a los cuales ninguno de los gobiernos involucrados ha pedido opinión. Ni uno de los puntos programáticos de la Agenda 2030 constituye la solución a la supuesta emergencia ambiental: se trata sólo de falsas soluciones a falsos problemas, con el objetivo de diezmar a la población, esclavizar a los sobrevivientes -incluso con la imposición de medidas liberticidas y de control social- y centralizar el poder político en las manos de la Alta Finanza usurera. A todos los efectos, se trata de un golpe de Estado global, como he denunciado repetidamente en mis discursos desde 2020.
Sin embargo, este cuadro de corrupción generalizada de gobernantes, científicos y medios de comunicación financiada por agencias, incluidas agencias gubernamentales (como USAID y la Comisión Europea) no puede borrar algunas verdades incómodas: la emergencia climática es un fraude, ya que no se basa en datos objetivos, y no es atribuible a la acción humana (y menos aún resuelta sólo por los países occidentales mediante la desindustrialización forzada). Esta crisis -al igual que la de la pandemia, la económica y la bélica- constituye un pretexto para la imposición de medidas coercitivas en perjuicio exclusivo de los ciudadanos, amenazados no solo en sus bienes sino también en su salud y en su misma existencia. Los artífices del Pacto Verde tienen como propósito explícito de la transición ecológica la eliminación física de una gran parte de la población mundial y el establecimiento de una dictadura tecnocrática dirigida al control social y a la limitación de las libertades fundamentales. Para dar contenido al fraude verde, las organizaciones involucradas hacen uso de técnicas de manipulación de la opinión pública y de la ingeniería social, recurriendo no solo a la falsificación sistemática de noticias a través de los medios de comunicación –por ejemplo, atribuyendo las muertes de estos días a la emergencia climática– sino también creando artificialmente eventos climáticos desastrosos (pensemos en la destrucción causada en Maui en Hawái, en Valencia en España y más recientemente en Texas a través del uso de tecnologías de geoingeniería y HAARP, Programa de Investigación de Auroras Activas de Alta Frecuencia).
La Iglesia Católica debería haber intervenido hace mucho tiempo, no tanto para expresarse sobre cuestiones científicas que caen fuera de su competencia magisterial, sino más bien para denunciar el uso engañoso y malintencionado de falsas emergencias para inducir a la población a aceptar las medidas criminales impuestas por la Agenda 2030, entre cuyos puntos figura también el derecho al aborto, definido como “salud reproductiva”. la extensión de la eutanasia a los menores, a los enfermos, a los pobres y la promoción de la ideología de género y LGBTQ+.
En el pasado, la Jerarquía bergogliana ya había promovido sueros genéticos experimentales producidos con líneas celulares derivadas de fetos abortados, llegando incluso a tranquilizar a los fieles sobre la legitimidad moral de su uso, con una nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe. También el entonces monseñor Robert Francis Prevost promovió el uso de mascarillas, el distanciamiento social y el cumplimiento de normas sanitarias absurdas y dañinas. Es bien conocida por todos la estrecha colaboración del Vaticano de Bergoglio con los máximos exponentes de la BigPharma y sus financistas, y sabemos lo decisivo que fue su respaldo para la realización de esa criminal operación pseudo sanitaria y la masacre que le siguió.
La experiencia previa y las evidencias de los fraudes cometidos en su momento no han enseñado nada a quienes hoy promueven una falsificación científica, no menos devastadora y destructiva, sobre el “cambio climático”. Sin embargo, los artífices de estas crisis son los mismos, los principios que las inspiran y los objetivos que establecen son los mismos.
Por lo tanto, es desalentador y escandaloso ver cómo, después de años de obsesión climática de Jorge Mario Bergoglio, su Sucesor también continúa apoyando la agenda globalista proporcionando bases doctrinales a una ideología abiertamente antihumana, anticristiana y anticrística, abusando del prestigio y de la autoridad de la Iglesia Católica y del Papado para ofrecer una supuesta legitimidad e incluso un valor moral positivo a un plan criminal que merecería la condena más abierta y severa.
Más desalentador aún es el silencio o incluso la aprobación entusiasta de quienes, especialmente entre los “católicos conservadores”, persisten contra toda evidencia en querer ver en el pontificado de León una ruptura respecto a Jorge Bergoglio, cuando en realidad se ha colocado hasta ahora en una evidente continuidad con lo que el jesuita argentino había comenzado. Como ha observado acertadamente un comentarista de estos acontecimientos, el vendedor cambia, pero no el producto, que sigue siendo una falsificación.
No hay ninguna necesidad de una “conversión ecológica”, sobre todo cuando constituye un paliativo sentimental y quimérico para una verdadera conversión de los corazones a Nuestro Señor Jesucristo, el único Salvador. Esta “conversión ecológica” se presta deliberadamente a alimentar una visión materialista y horizontal de la Religión, totalmente ajena al Evangelio y al Magisterio Católico. Al ratificarla con un rito litúrgico se pone de manifiesto la complicidad de la Jerarquía Católica con los planes subversivos del Nuevo Orden Mundial, en perjuicio de los fieles y de toda la humanidad.
¿Es este el mandato que Nuestro Señor confirió al apóstol Pedro y a sus legítimos sucesores? ¿Pueden el Papa y los Obispos silenciar la Verdad salvífica y ponerse abiertamente del lado de la mentira mortal de los enemigos de Cristo? ¿Y qué responsabilidad recae sobre ellos, respecto a los fieles engañados por la voz de los pastores, después del respaldo a la psico pandemia y a las falsas vacunas ARNm? ¿De cuántas muertes, de cuántos efectos adversos, de cuántos niños fallecidos durante el embarazo, de cuántos ancianos y frágiles muertos, de cuántos jóvenes abatidos por infartos, tumores y enfermedades súbitas es responsable la Iglesia bergogliana, a causa de su cobarde complicidad?
La Misa por el cuidado de lo creado (¿Misa votiva de Pachamama?) constituye la enésima confirmación de una inquietante esclavitud de la Jerarquía Católica –no exenta de conflictos de intereses en cuanto a la acogida de inmigrantes ilegales– por la que tendrá que responder en primer lugar a Nuestro Señor Jesucristo, quien concedió a Pedro el poder de las Santas Llaves no para pronunciarse sobre el clima –además, siguiendo una teoría científicamente insostenible– sino para custodiar y transmitir el Depositum Fidei, para pastorear y proteger al Rebaño del Señor, hoy amenazado en alma y cuerpo por una élite de peligrosos criminales psicópatas volcados al mal.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Viterbo, 14 de julio de 2025
San Buenaventura obispo, confesor y doctor de la Iglesia
Traducción al español por José Arturo Quarracino