Maledicta terra in opere tuo

Mons. Carlo Maria Viganò

Maledicta terra in opere tuo

Homilía en el Miércoles de Ceniza,
“in capite jejunii”

Maledicta terra in opere tuo:
in laboribus comedes ex ea cunctis diebus vitæ tuæ.
Spinas et tribulos germinabit tibi, et comedes herbam terræ.
In sudore vultus tui vesceris pane,
donec revertaris in terram de qua sumptus es:
quia pulvis es et in pulverem reverteris.

¡Maldita sea la tierra por tu culpa!
Con dolor sacarás la comida para todos los días de tu vida.
Espinas y cardos te darán frutos y comerás la hierba del campo.
Con el sudor de tu rostro comerás el pan;
hasta que regreses a la tierra, porque de ella te han quitado:
¡Eres polvo y al polvo volverás!

Gn 3, 17-19

 

EL INICIO del tiempo sagrado de Cuaresma, que la Santa Iglesia inaugura con la austeridad de las ceremonias y de las vestimentas en este Miércoles de Ceniza, estuvo marcado antiguamente no sólo por la práctica del ayuno y de la penitencia para todos los fieles, sino también por el solemne rito de expulsión de los penitentes públicos hasta el Jueves Santo. Los pecadores culpables de crímenes especialmente graves eran convocados a la Catedral en presencia del obispo, revestidos con camisas de cilicio y descalzos, antes del inicio de la Misa Pontifical. El Penitenciario, delante de todo el pueblo, enumeraba los pecados de cada penitente e imponía las cenizas sobre ellos, diciendo: Memento homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris: age pænitentiam, ut habeas vitam æternam. Un canónigo los rociaba con agua bendita y el obispo bendecía las vestimentas penitenciales —el cilicio, precisamente— y todo el clero recitaba los siete Salmos penitenciales y las Letanías. 

Al final, luego de cuatro oraciones, el obispo pronunciaba una homilía,ostendens qualiter Adam propter peccatum ejectus est de paradiso, et multa maledicta in eum congesta sunt; et qualiter ejus exemplo ipsi de Ecclesia ad tempus eijciendi sunt [Mostrando cómo Adán fue expulsado del paraíso a causa del pecado, y muchas maldiciones fueron acumuladas sobre él; y cómo, siguiendo su ejemplo, también ellos [los penitentes] deben ser expulsados temporalmente ​​de la Iglesia]. En ese momento, el obispo tomaba,  de la mano a uno de los penitentes, formando una cadena de todos los expulsados de la iglesia. Y mostrando su emoción, decía cum lacrymisEcce eijcimini vos hodie a liminibus sanctæ matris Ecclesiæ propter peccata vestra, et scelera vestra, sicut Adam primus homo ejectus est de paradiso propter transgressionem suam [He aquí que hoy sois expulsados ​​de los confines de la santa madre Iglesia a causa de vuestros pecados y de vuestra maldad, como Adán, el primer hombre, fue expulsado del paraíso a causa de su transgresión]. Mientras tanto, el coro cantaba una antífona que evocaba las palabras del libro del Génesis (Gn 3, 16-19). A los penitentes que permanecían de rodillas y llorando ante el portal de la catedral, el obispo les decía que no desesperaran de la misericordia del Señor, dedicándose a ayunar, rezar, peregrinar, dar limosnas y hacer buenas obras. Finalmente, les invitaba a regresar no antes de la mañana del Jueves Santo. Las puertas de la iglesia se cerraban, antes de que comenzara la Misa. 

Este rito solemne y severo permaneció en memoria perpetua en el Pontifical Romano hasta la última reforma de 1962, y luego fue cancelado —y no por casualidad— por la llamada reforma conciliar. Entendemos bien por qué una Iglesia que quiere dialogar con el mundo y que por esta razón abre sus puertas, derriba sus muros y baja sus puentes levadizos, no quiso preservar una ceremonia altamente simbólica y, sin duda, pedagógica. Detrás de la intención engañosa de dar la bienvenida a todos (“todos, todos, todos”) —una inclusividad que no tiene nada de católico— se esconde la cancelación del pecado original, y con ello la necesidad de la Redención realizada por el Verbo Encarnado y correspondida por los fieles con penitencia, ayuno y oración. Según esta visión antropocéntrica —claramente herética— todos seríamos salvos, nunca habríamos pecado ni en Adán ni por nosotros mismos, y Dios perdonaría a todos, de hecho nos amaría tal como somos y no nos pediría que cambiemos, ni siquiera que nos arrepintiéramos o que hagamos reparación por nuestros pecados. En consecuencia, sería inútil la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; inútil Su Pasión y Muerte; inútil la Iglesia, la Misa, los Sacramentos y el Sacerdocio.

Eritis sicut dii (Génesis 3, 5), nos repite la Iglesia conciliar y sinodal: seréis como dioses, porque no necesitáis expiar nada, no tenéis que pedir perdón por nada, no tenéis que estar agradecido a Dios por nada, ni a la Santa Iglesia por su obra de santificación. La Iglesia conciliar y sinodal llega incluso a teorizar, con el ecumenismo sincretista, que el hombre puede salvarse e ir al cielo incluso adorando una falsa divinidad o negando total o parcialmente las verdades de la Revelación divina. Los únicos que merecen significativamente los castigos eternos y rigores de la Justicia divina serían aquellos que —ante tal apostasía— siguen creyendo en lo que la Iglesia Católica ha enseñado siempre. Se les aplica estrictamente el derecho canónico, que para todos los demás es considerado intolerante y obsoleto.

La Santa Iglesia Romana, que es Madre y no madrastra, actúa según criterios pedagógicos que han demostrado ser ampliamente eficaces. Y así como la madre sabia priva al hijo desobediente de los dones que le ha dado gratuitamente, para que él entienda en qué ha fallado y se corrija; de la misma manera, la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Dios con Adán y Eva, supo castigar a los pecadores públicos apartándolos temporalmente de las celebraciones públicas, de las que se habían hecho indignos ante la comunidad de los fieles. No para abandonarlos a sí mismos en el camino de la perdición, sino para que precisamente esa privación de un consuelo tangible y externo les persuadiera a comprender la gravedad de sus pecados y a repararlos mediante la oración, el ayuno, la penitencia, la limosna y las buenas obras. Los fieles oraban por ellos, conscientes de que esa Comunión de Santos une en la Caridad mutua a los miembros del Cuerpo Místico con su Cabeza. No todos los que me dicen: «¡Señor, Señor!» entrarán en el reino de los cielos, sino aquel que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Hacer la voluntad del Padre es, de hecho, lo que nos hace dignos de una eternidad bendita después de la prueba en esta vida terrenal: venga Tu reino; hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo (Mt 6, 10).

El solemne y evocador rito cuaresmal de la expulsión de los penitentes públicos recuerda la expulsión de nuestros primeros padres del Paraíso terrenal, y por ello es extremadamente elocuente y simbólico. Nos recuerda que la violación de la Ley de Dios conlleva una pena acorde con su gravedad, pero al mismo tiempo nos muestra cómo la Justicia divina se deja moderar por la misericordia divina. El anuncio del Proto-Evangelio del libro del Génesis precede incluso a la maldición del Señor: pondré enemistad entre tú y la mujer, entre tu descendencia y la suya, y ella te golpeará la cabeza, y tú golpearás su talón (Gn 3, 15). Encontraremos a esta Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas, en el libro del Apocalipsis (Ap 12, 1), en cumplimiento de la promesa de la Santísima Trinidad. La privación del Paraíso terrenal —el dolor de la desobediencia consciente y miserable de Adán y Eva, que ya eran, de alguna manera, como dioses gracias a los dones de Dios— no les impide a ellos ni a sus descendientes el camino de regreso a la Casa del Padre. Sin embargo, la condición de este regreso está ligada a su deseo de reparar el pecado que han cometido, a la humildad de reconocerse pecadores y necesitados de perdón. Y esto es posible no por sus propios méritos, obviamente impotentes ante la enormidad de la culpa, sino al unir su arrepentimiento a la obra divina de la Redención, realizada por el Nuevo Adán, Nuestro Señor Jesucristo, con la cooperación de la Nueva Eva, María Santísima, es decir, de la siempre Virgen Madre Inmaculada y de su descendencia.

En el mundo contemporáneo —especialmente desde el Concilio Vaticano II— los pecadores públicos del pasado son bienvenidos y alentados en sus desviaciones, incluso por los Papas, por los prelados y miembros del clero más indignos, cuyos pecados son igual de públicos y escandaloso para los fieles, inducidos a su vez al pecado. Pero es precisamente esto lo que constituye la ofensa suprema contra la Majestad divina: no tanto ni sólo el mal cometido, sino más bien su negación, también su legitimación y, al mismo tiempo, la condena del bien que se le opone.

Por esta razón, muy queridos fieles, la tierra sigue estando maldita hoy en día, y no podría ser de otra manera. Los horrores y los crímenes atroces que salieron a la luz en los últimos días con la publicación de los archivos de Jeffrey Epstein claman venganza al Cielo, también por el silencio que los rodea y por la impunidad ostentosamente garantizada a los culpables. Nuestros cielos salpicados de venenos que se vierten en los cultivos y en los acuíferos; las sustancias cancerígenas en los alimentos; la destrucción de cultivos y del ganado en beneficio de la producción intensiva de las multinacionales; las enfermedades provocadas por pseudo fármacos dañinos y esterilizadores; la imposición de “sacrificios” y “penitencias” para la llamada protección de la “casa común”; el control capilar de cada una de nuestras acciones ya no bajo la mirada de Dios sino bajo el ojo de las cámaras de vigilancia: todo este caos altera la parodia infernal con la que una élite, embriagada de poder y literalmente sedienta de sangre humana, quiere sustituir a Dios en legislar, en decidir qué es bueno y qué es malo, en declarar a sus “santos” y a sus “condenados”,  en la promulgación de sus “ritos” y sus “excomuniones”. Esta élite también tiene sus “penitentes públicos”, marginados por el sistema hasta que se conviertan a la ideología infernal del globalismo.

Volvamos al Señor, queridos fieles. Volvamos a Él en cenizas y cilicio, y que la Iglesia regrese con nosotros para condenar el pecado y fomentar la virtud, sin ficciones ni hipocresía, sin compromisos, sin indulgencias culpables que ofenden a la Justicia divina y anulan la misericordia divina. Este es el significado de la oración que el obispo pronunciaba ante los penitentes vestidos de saco: Dómine Deus noster, qui offensiónem nostram non vínceris, sed satisfactióne placáris; réspice, quæsumus, ad hos fámulos tuos, qui se tibi peccásse gráviter confiténtur; tuum est enim absolutiónem críminum dare, et véniam præstáre peccántibus, qui dixísti te pœniténtiam malle peccatórum quam mortem:  concéde ergo, Dómine, ut tibi pœniténtiæ excúbias célebrent, et corréctis áctibus suis conférri sibi a te sempitérna gáudia gratuléntur [Señor nuestro Dios, tú que no estás vencido por nuestras ofensas, sino que estás apaciguado por la satisfacción [penitencial], mira, te rogamos, a estos siervos tuyos, que confiesan haber pecado gravemente contra ti; porque te corresponde dar la absolución de los crímenes y conceder el perdón a los pecadores, tú que dijiste que preferías la penitencia del pecador a su muerte:  concede, por tanto, Señor, que celebren las vigilias de penitencia por ti y, corrigiendo sus acciones, se alegren de recibir de ti las alegrías eternas]. Y así sea.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

 

18 de febrero de MMXXVI
Feria IV Cinerum

© Traducción al español por José Arturo Quarracino

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